miércoles, 13 de agosto de 2008

Un sábado escarlata

Normalmente escucho música cuando estoy frente a la computadora. Hoy no. La razón de esto es que están las Olimpiadas y aunque no me emocionan mucho, se siente raro no aprovechar para ver todo lo que se pueda de tan pintoresco evento. Así que ahí están las Olimpiadas de fondo en la tele. Aunque en realidad lo que estoy viendo es la computadora y sólo estoy escuchando las aturdidoras voces de los lamentables comentaristas de algún canal nacional. Ocasionalmente volteo para ver qué causa tanto alboroto en esas voces y siempre está un deporte diferente, con eso de que todo pasa al mismo tiempo. En este momento hay una pantalla dividida entre volleyball de playa y un chino haciendo suertes sobre el caballo. Por cierto ahora resulta que México es toda una potencia en el tiro con arco. ¿¿¿Desde cuándo???

Siguiendo al conveniente tren del pensamiento, que normalmente justifica el hilar ideas que muy poco tienen que ver entre sí, continuaré hablando de algo que se acerca al deporte mexicano. El fin de semana fuimos Álvaro y yo al "infierno solar" a ver a los Diablos destruir a los Leones de Yucatán 11-0 en el primer partido de la serie por el campeonato de la Zona Sur. Es una experiencia única la que se vive en el estadio de baseball; es todo un festival que incluye muchas cervezas, una enorme variedad de alimentos, otra enorme variedad de fanáticos (desde el viejo conocedor amistoso hasta el pseudo Robert DeNiro en The fan que no deja de hacer prácticas cabalísticas psicópatas por el bien de su equipo), una brevísima variedad de pequeñas piezas musicales, ah sí, y también un partido de baseball. Algo nuevo fue que compramos boletos para la zona donde caen casi todos los fouls, al grado de que el boleto tiene un disclaimer en letras enormes que dice "NO PIERDA DE VISTA LA BOLA". Y es que en verdad es terror lo que se siente cuando se aproxima velozmente semejante pedrada.

El highlight del partido, ninguno; estuvo aplastantemente aburridísimo. Eso, aunado al hecho de que en la zona donde nos sentamos el sol pega sin piedad debido a la ausencia total de sombra, nos llevó a hacer una serie de cuestiones ociosas que muy poco tienen que ver con el baseball.

Para empezar, Álvaro tumbó la trama completa de Back to the future II, mi indiscutible favorita de la trilogía. Por si alguien no la vio o no la recuerda, todo se basa en que Doc Emmet Brown llega muy estresado a decirle a Marty que su hijo va a ser un imbécil y que es indispensable viajar al futuro para evitar que haga una pendejada. ¿Para qué viajar al futuro a cambiar algo que no afecta nada del presente y que de todos modos habrá que vivir eventualmente? ¿Por qué no simplemente decirle "no metas a tu hijo a tal escuela porque se va a meter en problemas"? O bien, ¿no bastaba con decirle que tal día del año 2015 tuviera la precaución de no dejar que el hijo tarado saliera de la casa? No puede ser, la premisa de la mejor de las tres películas es una tontería. Ojalá nunca me lo hubiera dicho.

A la mitad de alguna de estas pláticas estúpidas, me topé con la sorpresa de que un pedazo de cáscara de haba acababa de hacer lo que mejor saben hacer los pedazos de cáscara de haba: atorarse en algún recoveco entre mis dientes y encías. Por más que trataba de sacarlo con la lengua, se necesitaba ayuda profesional de un elemento externo. ¿Alguna vez han tratado de sacarse con el dedo algo que la lengua no ha logrado extraer? Según yo a todo mundo le ha pasado, pero ¿han notado la forma en que el dedo nunca encuentra el punto que requiere de su auxilio? La lengua siempre sabe dónde está; es su territorio y dentro de la boca la sabiduría de la lengua es indiscutible. Pero con el dedo siempre es imposible atinarle al lugar exacto hasta después varias misiones de reconocimiento. Si tan sólo la lengua tuviera la cortesía de enviar su información privilegiada al cerebro para que yo supiera exactamente dónde estaba el pedazo de cáscara de haba. Pero bueno, finalmente pudo salir.

Y es que la variedad de alimentos está a la orden del día en el estadio. En primera, y como ya fue mencionado, ¡hay habas enchiladas! ¡Tan buenas que son! Pero otra curiosidad que ronda este menú son las nieves de limón indestructibles. No sé qué le pongan a esas cosas, pero el partido dura más de tres horas y las nieves pasan todo el tiempo en una charola de cartón paseando a plena exposición de la luz y calor del güero. Según Álvaro en esas modestas charolas se encuentra la solución a las consecuencias del calentamiento global. Dice "que pongan esa cosa verde en los polos y nunca se derretirán". Estoy de acuerdo, que se lleven esas nieves para allá; de todas formas yo no pienso probar algo tan indestructible. Estoy seguro de que si el sol no puede contra ese material, mi estómago de princesa sería un muy triste contendiente.

Ésas son sólo algunas de las muchas idioteces que pasan por la cabeza de alguien que presencia un partido de baseball carente de emoción. También nos percatamos de tonterías menores como el hecho de que el Llanero Solitario no era en lo absoluto solitario, porque tenía a Toro (o Tonto, en inglés), su inseparable Sancho Panza nativo americano; o bien, el extraño caso de que la película Hook tuviera el mismo nombre en español, en vez de haberlo traducido como Garfio, un nombre ya permeado desde antaño en el público de habla hispana.

En fin, la moraleja de todo esto es: cuando vayan al baseball, no se sienten bajo el rayo del sol, porque pueden terminar mal; ya sea golpeados por una pelota, filosofando sobre estupideces ociosas, o en el peor de los casos, con un mal caso de hemorroides.